Normalmente vuelvo de mis viajes tranquilos con las pilas
cargadas y energía suficiente para aguantar un invierno duro, frío y largo. Muy largo.
Siempre vuelvo del Mediterráneo con los ojos llenos de luz,
de azules inmensos y cielos dulces y
malvas que inundan todo de luminosidad y fuerza.
Esta vez no. Realmente ni siquiera sé por qué, ya que he
estado bien, a mi aire, con mis libros y mis cosas pero no sé si por culpa del
otoño, una cierta melancolía se ha instalado en mi pecho.
Me cuesta abandonar tanta luz, tanta alegría. Mi aislamiento voluntario. Me cuesta
abandonar esos amaneceres de olor especial mezcla de salitre, dondiego, jazmín
o dama de noche que se cuelan por la ventana abierta. El sonido de las olas
romper a mis pies y ese dejarme flotar en un mar cálido entre el sol y la nada.
Como pequeños trozos de espejo en
movimiento perpetuo.

Yo sin embargo, creo que lo mejor es ser invisible, vivir
nuestra vida evitando hacer daño a los demás e intentando ayudar en lo que se
pueda aunque no siempre sea así. No siempre se pueda ser así.
He visto a un niño pequeño destrozar un precioso castillo de
arena que había hecho otro niño solo porque él no fue capaz de hacerlo igual. Eran patadas rabiosas, llenas de ira.
La cara del pequeño constructor era de incredulidad, como si
contemplara un espectáculo que no iba con el.
Un momento después, estaba haciendo otro castillo.
Esa es la diferencia entre los seres humanos.