Algo tan
sencillo como contemplar como rompían las olas en la orilla, hacía de aquel
anciano la viva imagen de la felicidad.
Todos los días, hiciera frio o calor, el señor mayor, con paso tranquilo y reposado bajaba a la playa, se descalzaba y lentamente iba buscando pequeñas conchas que con aire goloso guardaba en una bolsita de plástico de esas de un súper de barrio, de las que se doblan y guardan en el bolsillo porque no abultan.
Dejaba que las olas se enredasen en sus tobillos y jugaba con la espuma que salpicaba sus pantalones recogidos de forma torpe por unas manos deformadas por los años y el trabajo en la carpintería que ya había dejado a su hijo. También le gustaba recoger algún tronco arrojado por la mar, De esos retorcidos y llenos de nudos que si no era muy pesado, cargaba con él hasta su casa donde un pequeño taller era testigo de sus afanes.
Nadie sabía lo que hacía allí, pero si no estaba en la playa, se pasaba horas y horas encerrado oyendo antiguas zarzuelas o pasodobles que a su mujer siempre la gustaron y que ahora ya no podían escucharlos juntos.
Era feliz allí, solo, aunque, quizás no estuviera tan solo.
Todos los días, hiciera frio o calor, el señor mayor, con paso tranquilo y reposado bajaba a la playa, se descalzaba y lentamente iba buscando pequeñas conchas que con aire goloso guardaba en una bolsita de plástico de esas de un súper de barrio, de las que se doblan y guardan en el bolsillo porque no abultan.
Dejaba que las olas se enredasen en sus tobillos y jugaba con la espuma que salpicaba sus pantalones recogidos de forma torpe por unas manos deformadas por los años y el trabajo en la carpintería que ya había dejado a su hijo. También le gustaba recoger algún tronco arrojado por la mar, De esos retorcidos y llenos de nudos que si no era muy pesado, cargaba con él hasta su casa donde un pequeño taller era testigo de sus afanes.
Nadie sabía lo que hacía allí, pero si no estaba en la playa, se pasaba horas y horas encerrado oyendo antiguas zarzuelas o pasodobles que a su mujer siempre la gustaron y que ahora ya no podían escucharlos juntos.
Era feliz allí, solo, aunque, quizás no estuviera tan solo.
Una figura que parecía humana y de tamaño natural
era poco a poco creada por el hombre de la playa. Troncos leñosos, curtidos por el agua y el
salitre unidos a las conchas de nácar limpias y relucientes, la figura tenía un
halo de irrealidad, entre las sombras que la poca luz del cuarto creaba. Se
perdía entre las partículas de polvo que flotaban en algún rayo de sol.
Mientras trabajaba con ellos, canturreaba al ritmo de la música, silbaba alegremente y a veces musitaba bajito frases que resultarían incoherentes si alguien le escuchase, pero para él no, para el eran su alegría, su vida y su razón para seguir vivo.
- ¿verdad que te gusta el collar?
Mientras trabajaba con ellos, canturreaba al ritmo de la música, silbaba alegremente y a veces musitaba bajito frases que resultarían incoherentes si alguien le escuchase, pero para él no, para el eran su alegría, su vida y su razón para seguir vivo.
- ¿verdad que te gusta el collar?
- Es precioso Mercedes.
- Hoy he encontrado una especial, una concha llena de reflejos, el arco iris brilla en ella.
- Creo que te la pondré en la frente para que refleje la luz, igual que una belleza pagana, – y picarón, añadía – Lo que tu has sido siempre - y dejaba arrastrando un poco la última palabra con ternura mientras guiñaba sus ojos agotados y se alejaba un poco de su obra para ver mejor.
- ¡Ay Mercedes!, tengo ganas de acabar tu falda, bailaremos al ritmo de la música, ¡pena que no pueda ponerte un adorno de espuma de mar, como de encaje, con lo que te gustan las olas!
Una sonrisa llena de complicidad acompañaba sus palabras y con una mirada feliz, recorría aquella figura de arriba abajo acarciandola con sus manos callosas.
Incansables, las olas acicalaban el reloj de arena de la playa
ResponderEliminaral tiempo que volvían a recular sobre el espejo del mar
formaban complejas y atrayentes siluetas
acariciando con sus olas
los restos del naufragio sobre la arena.
Mercedes adelantó unos pasos
imitando su sombra el movimiento
uniendo su cimbreante cadera
a la del viejo pescador de conchas
sobre el manto de arena
el sol reflejaba la blancura irisada de sus cuerpos.
Me ha dejado usted sin palabras Holden Caulfield.
EliminarLa secuencia que nos deja es preciosa y ya forma parte del pequeño relato de Mercedes y su pescador.
Para siempre "el sol reflejará la blancura irisada de sus cuerpos"
Gracias por sus bellas palabras.
Musitar en bajito. Ese diálogo de los adentros que a veces es incoherente hasta para uno mismo aunque tenga un hilo conductor perfectamente definido.
ResponderEliminarUn beso.
Ese díalogo de los solitarios que a veces hablan con las figuras de su alma.
EliminarOtro beso
Yo también recompongo la figura de alguien muy especial para mí con cada letra que le dedico. A mí también me gustaría añadirle la espuma del mar para que pudiera recupear su fragancia y reconocerla, pero todavía no he inventado palabras de sal y arena.
ResponderEliminarPalabras de sal y arena.
EliminarSeguro que un día salen sin querer, un día que camines entre el salitre, la espuma y las conchas de nacar.
Ese día, pensarás palabras de sal y arena. Ese día, recordarás.